(El recuerdo para un histórico del atletismo y los sudamericanos que compitieron junto a él en México 1968)
Por LUIS VINKER (diario Clarín)
Ahora, que ha muerto el gran Jim Hines este sábado 3 de junio, nada más oportuno que recordar aquel momento de gloria, para él y para los velocistas, que fue la temporada de 1968. Ese año, Hines se convirtió en el primer hombre en la historia en correr los 100 metros llanos por debajo de 10 segundos, tanto con el control manual –como se utilizaba hasta entonces- como con el control electrónico, que se generalizaría en las décadas siguientes. Hines alcanzó la cumbre en los maravillosos Juegos Olimpicos de México, donde ganó una de las carreras de 100 metros más apasionantes de la historia y también el relevo 4×100, para alejarse inmediatamente de las pistas, cuando apenas tenía 22 años.
Si bien un siglo atrás podía considerarse “los 10 segundos” como la barrera soñada en el atletismo, a principios de la década del 60 quedó a disposición de los mejores sprinters. Armin Hary, alemán, fue el primero en “clavar” el registro de 10.0, el 21 de junio de 1960 en Zurich, para ratificar semanas después su jerarquía con el oro olímpico en Roma. Varios nombres siguieron su estela a lo largo de esa década: un estadounidense (Bob Hayes, heredero del oro olímpico en Tokio), un canadiense (Harry Jerome), un cubano (Enrique Figuerola), un sudafricano (Paul Nash, aunque su país estaba excluido de las competencias internacionales). Y un venezolano, Horacio Estéves que concretó esa hazaña en agosto de 1964 en Caracas.
Pero la temporada de 1968, con una nueva generación de superdotados estadounidenses –y varios más que se fogueaban en las mismas pistas- marcó una verdadera revolución en la especialidad. Pocas veces en la historia del atletismo (tal vez nunca) se pudo ofrecer semejante marco de calidad y competitividad en la prueba reina.
Hay que fijar como una fecha emblemática el 20 de junio en Sacramento, California, donde se disputó el Campeonato de Estados Unidos, conocido en aquella época como AAU Champs. y que se celebró en el Hughes Stadium.
En las eliminatorias, Jim Hines –uno de los que había igualado la marca mundial de 10.0 en la temporada anterior en los Relevos de California- avisaba que allí podría suceder algo grande, al correr en 9.8, aunque con viento a favor. En otra de las series, dos hombres igualaron el récord de 10.0 dentro de los marcos reglamentarios: Charlie Greene y el francés Roger Bambuck.
Y llegó la primera semifinal, disputada a las 21.15 de la noche con un viento levemente favorable de 0.8 metro por segundo. Allí Hines y el segundo, Ronnie Ray Smith, corrieron en 9 segundos y 9 décimas, atravesando así la histórica frontera de los 10 segundos. Los cuatro atletas que ocuparon los puestos siguientes marcaron 10.0, que no les sirvió siquiera como consuelo (Mel Pender, Larry Questad, Kirk Clayton y Ernest Provost). Cinco minutos más tarde, Greene –el archirrival de Hines- igualó la flamante marca mundial de 9.9, dejando con una décima más al jamaiquino Lennox Miller y a Bambuck.
La final se disputó con viento a favor y, tal vez, el “vendaval” de marcas ya se había cumplido. El campeón fue Greene, consiguiendo su octava victoria sobre Hines en ocho enfrentamientos. Ambos marcaron 10.0, dejando en 10.1 a Miller, Bambuck, Ronnie Ray Smith y Pender.
Si la famosa jornada de Jesse Owens en Ann Arbor en 1935 se recuerda como “el día de los récords” (mejoró seis marcas mundiales en menos de dos horas), lo sucedido en Sacramento en 1968 se considera desde entonces “La noche de la velocidad”.
Aquellas actuaciones provocaron euforia en el ambiente atlético de Estados Unidos ante las perspectivas olímpicas –una euforia que se confirmaría meses más tarde en la altitud de México- mientras que la prensa europea las interpretó con algún escepticismo, cuestionando cierta “permisividad” de los jueces en las salidas y, también, en el cronometraje manual.
Lo cierto es que la pista de Sacramento tenía fama por ser muy rápida –una carbonilla prensada- y unida al clima ideal y al ambiente competitivo produjeron una de las noches más espectaculares que se recuerda en la velocidad mundial.
Durante las eliminatorias olímpicas de Estados Unidos (los famosos Trials), Hines y Greene se aseguraron su plaza para los Juegos de México pero el otro hombre de los 9.9, Ronnie Ray Smith, fue superado por Mel Pender y sólo pudo concurrir para el relevo.
Aquella vez, los Trials, se disputaron a principios de septiembre en un escenario inédito para el atletismo estadounidense: una pista sintética especialmente construida en Echo Summit (California) a 2.249 metros sobre el nivel del mar. Se hizo para que los atletas de todas las especialidades se fueran adaptando a la altitud de México. Pese a esas “ventajas” para los sprinters, en los 100 metros no pudieron mejorar los registros de la noche mágica de Sacramento. HInes ganó la final con 10.0, Greene quedó segundo con 10.1, el mismo tiempo que Pender, quien así postergó a Ronnie Ray Smith, que empleó el mismo tiempo. Más espectaculares resultaron las otras pruebas de velocidad donde John Carlos (19.7 en 200) y Lee Evans (44.0 en 400) arrasaron con los récords mundiales, aunque en el caso del primero no se homologó por la utilización de un calzado con demasiados clavitos…
La altitud de la ciudad de México -2.248 metros sobre el nivel del mar- y la pista sintética anticipaban nuevas hazañas para los sprinters.
La ronda inicial, que nueve ocho series el domingo 13 de octubre de 1968, fue tranquila y allí Greene, con 10.0 y con viento a favor, resultó el más rápido. Entre los que atravesaron esa ronda estaban el chileno Iván Moreno (escolta de Figuerola en la serie 3) y el argentino Andrés “Pelusa” Calonje (segundo en la serie 9). En esta, el sexto puesto fue para Estéves, para quien su mejor época ya había pasado y las lesiones habían frustrado su participación en Tokio. Otros sudamericanos que participaron fueron Eddy Monsels (Surinam), quien superó el primer turno, y el juvenil colombiano Jimmy Sierra.
En cuartos de final, Calonje y Moreno se toparon con los grandes favoritos. Fue en la primera serie, que ganó Miller con 10.1, el mismo registro que Hines, quedando Figuerola con 10.2 El cuarto puesto fue para Iván Moreno con 10.3, avanzando así –en histórica performance- hasta las semifinales, mientras Calonje llegaba quinto con el mismo tiempo (los registros convertidos a electrónicos de Moreno y Calonje, 10.37 y 10.39 respectivamente, tuvieron larga vigencia como plusmarcas nacionales para sus países).
Otra vez Greene, con sus 10.0 en la cuarta serie, fue el más rápido de esta ronda, que mantenía a todos los favoritos en competencia, listos para las definiciones del día siguiente.
Ya en semifinales, Hines “cargaba todas sus baterías”, ganó la primera con 10.0, seguido por Bambuck y Jerome a una décima, con Pender cuarto en 10.2. Y Figuerola, quinto con el mismo tiempo, se quedaba afuera, sin poder repetir su performance de Tokio cuando había sido subcampeón. En la otra semifinal, Greene y Miller también marcaron 10.1, al igual que el cubano Pablo Montes. Y la revelación fue un atleta de Magadascar llamado Jean Ravelomanantsoa, que consiguió su pasaporte a la final. Allí concluyó el recorrido del chileno Iván Moreno, sexto y nuevamente con 10.3 (10.37).
Por primera vez en la historia olímpica, todos los finalistas de 100 metros llanos eran de raza negra. El sorprendente africano produce una salida en falso (hoy, hubiera sido descalificado automáticamente). Pero la segunda salida es buena para todos, incluyendo para Hines, que no se destacaba por ese detalle técnico. Iba por el tercer andarivel, con Miller a su derecha y Montes a la izquierda, A los 50 metros, Hines está en la posición de líder (relevando a Pender) y no la iba a ceder más.
Jim Hines conquistó la medalla de oro con 9 segundos y 9 décimas, que igualaba el récord del mundo concretado meses antes en Sacramento. El jamaiquino Lennox Miller consiguió insertarse entre los colosos de USA y fue subcampeón con 10.0, el mismo tiempo de Charles Green quien prácticamente se zambulló en la llegada para asegurarse un puesto en el podio. El cubano Pablo Montes quedó cuarto con 10.1, la misma marca que Bambuck y Mel Pender –el otro norteamericano, que ya tenía 31 años y había alcanzado también la final de Tokio- fue sexto con 10.1.
Apuntes sobre ellos. Lennox Miller, fogueado en el competitivo ambiente de las universidades estadounidenses, anticipó los tiempos de gloria que llegarían para los velocistas de su país (Donald Quarrie primero, la generación Bolt más adelante). Mel Pender, por su parte, era un hombre que había llegado al atletismo recién a los 24 años, cuando muchos velocistas se retiraban. Lo “detectaron” como sprinter cuando estaba en el Ejército, clasificó para los Juegos de Tokio y sufrió una lesión en semifinales que le impidió una performance aún mejor en la prueba decisiva. Luego combatió en la guerra de Vietnam, pero volvió a tiempo al atletismo para una nueva experiencia olímpica.
Días después de la final individual de los 100 metros, los tres estadounidenses y Ronnie Ray Smith se unían para un imbatible relevo 4×100, que también ganaba con récord del mundo: 38s.2 (manuales, luego convertidos a 38.24 electrónicos), delante de dos poderosas formaciones como Cuba y Francia.
Los 9.9 de Hines quedaron como uno de los hitos en esos Juegos Olímpicos, aunque mayor repercusión tuvieron las pruebas de 200 y 400 metros con las protestas de sus vencedores contra el racismo y las señales del Black Power. Fueron también los Juegos en los que irrumpió con toda su fuerza el atletismo africano en las pruebas de fondo –aunque Bikila y Keino ya lo habían anticipado durante esa década- y fueron los Juegos en los que Dick Fosbury (fallecido hace pocas semanas) revolucionó el salto en alto con su estilo de atacar la varilla de espaldas. Y fueron, sobre todo, los Juegos de la –tal vez- marca más espectacular en la historia del atletismo, los 8.90 metros de Bob Beamon en salto en largo…
El registro de 9.9 en la individual de los 100 metros iba a perder cierta vigencia ya que, a partir de la década del 70, se implementó definitivamente el cronometraje electrónico.
Y se estableció como récord mundial los 9 segundos y 95 centésimas de Hines en esa misma carrera. Si recordamos que estuvo intocable durante quince años –hasta que su compatriota Calvin Smith lo mejoró en dos centésimas el 3 de julio de 1983 en Air Academy, cerca de Colorado Springs- se ratifica la calidad de esa marca. Calvin Smith lo batió en la altitud y recién cuatro años más tarde, un velocista pudo mejorar ese registro en una ciudad a nivel del mar: fue Carl Lewis con sus 9s.87 en el Campeonato Mundial de Roma. Una carrera que, por cierto, no ganó en primera instancia, sino que había marcado la aparición de un tal Ben Johnson con sus 9.83. Tiempo después, cuando se reveló el sistema de doping alrededor del canadiense, todas sus marcas fueron anuladas. Lewis se erigió en el grande de su época, no solo por sus records sino por ser el primero en retener el título olímpico (Los Angeles 84-Seúl 88), hazañas que superó en todo sentido otro fenómeno llamado Usain Bolt. Pero esta es historia fresca.
James Ray (Jim) Hines había nacido el 10 de septiembre de 1946 en Dumas, Arkansas. Pero se crió en Oakland California, donde su padre trabajaba en la construcción y su madre en una fábrica de conservas. Jim era el noveno entre los doce hijos de ese matrimonio.
Cuando Jim estudiaba en el Clymonds High School y jugaba béisbol, llamó la atención del entrenador de atletismo: en poco tiempo se convirtió en el más veloz atleta entre los alumnos secundarios de todo Estados Unidos. Así obtuvo su beca para los “Tigers” de la Texas Southern University, con sede en Houston, donde fue entrenado por otro grande como Bobby Morrow, un texano de raza blanca que se consagró en los Juegos de Melbourne (1956) con tres medallas de oro: 100 y 200 metros, y el relevo corto.
La progresión de Hines no se detuvo en el atletismo universitario, donde comenzaron sus duelos con Charlie Greene, también oriundo de Arkansas pero que competía para la Universidad de Nebraska.
Como tantos otros atletas de primera línea de su país, en un deporte que era absolutamente amateur, luego de su consagración olímpica se alejó enseguida para probar suerte en el fútbol americano. Tal vez quiso imitar a su predecesor en el oro olímpico, Bob Hayes, quien llegó a ganar un Superbowl. Hines firmó un contrato con los Miami Dolphins, pero su campaña fue breve y terminó fichando con los Kansas City Chiefs. Se retiró pronto. Intentó un aislado regreso al atletismo en una incipiente liga profesional, en 1974, pero tampoco insistió allí.
Cuando el deporte era sólo un recuerdo para él –aunque recibió todos los honores, incluyendo el ingreso al Hall de la Fama- estableció una fundación con su nombre, dando protección a mujeres y chicos maltratados y a las personas sin techo.
Hasta el día de hoy, 173 hombres corrieron los 100 metros llanos, con cronometraje electrónico y en condiciones reglamentarias, por debajo de los 10 segundos. Pero Jim Hines tiene una distinción inigualable: fue el primero de todos en conseguirlo. Nadie podrá arrebatarle esa gloria.


