Por LUIS VINKER
El domingo 26 de abril del 2026 quedará en la historia del atletismo por todo lo sucedido en el maratón de Londres. Y no solo por el fantástico récord mundial de 1:59:30 que estableció Sabastian Sawe en el maratón sino porque también sus escoltas –el etíope Yomif Kejelcha con 1:59:41 y el ugandés Jacob Kiplimo con 2:00:28- también estuvieron por debajo del récord anterior de 2:00.35, que el infortunado Kelvin Kiptum había fijado en Chicago 2003. Para Sawe fue su cuarta victoria en igual cantidad de participaciones en maratón (Valencia 2024, Londres y Berlin 2025 las anteriores), para Kiplimo –recordman mundial del 21k- era su tercera carrera sobre esta distancia (escoltó a Sawe un año atrás en Londres, luego ganó Chicago) y para el prolífico Kejelcha se trataba de su debut absoluto. Por supuesto, el mejor debut de la historia de un maratonista.
Pero, lo que da vueltas al mundo, es el hecho revolucionario que significa correr un maratón por debajo de las 2 horas y toda su implicancia en el desarrollo científico-deportivo del atletismo.
Se ha quebrado una barrera y el futuro, con seguridad, depara otras actuaciones de este tipo.
Pero, mientras estas lleguen, también repasemos las otras “fronteras” que se atravesó en el atletismo, a través de más de un siglo de competiciones bajo fiscalización y ámbitos federativos. Varias tienen más “glamour” aunque, generalmente, son cuestiones que se esperan dada la propia evolución de nuestro deporte.
Como una fecha emblemática –y especialmente por la tradición que tenía la prueba en los países de la comunidad británica- se cita al 6 de mayo de 1954, ya que ese día, en la pista de ceniza de la Universidad de Oxford, Roger Bannister se convirtió en el primer hombre en la historia que corrió la milla (1.609,4 metros) por debajo de los 4 minutos. En aquel momento, compararon esa actuación con la conquista del Everest que justo un año antes había consumado la expedición con el neocelandés Edmund Hillary como símbolo, junto a su “sherpa”. Desde aquel día, miles de corredores han corrido esa distancia por debajo del 4:, que igualmente se puede considerar una marca de cierto nivel.
Roger Bannister baja los 4 m en la milla, Oxford 1954
La cuestión es más compleja en el caso de la “prueba reina” del atletismo, los 100 metros llanos. Sucede que hasta fines de la década del 60, sólo se consideraba el cronometraje manual (ya había antecedentes electrónicos, pero no se difundían). Una decena de velocistas –el primero de ellos, el alemán Armin Hary en el estadio Lutzingrund en Zurich (1960) y anticipando su coronación olímpica- pudieron marcar 10.0 y desde entonces se esperaba al primero que bajara ese registro. Esa decena incluía a un venezolano, Horacio Esteves (Caracas 1964).
Todo cambió el 20 de junio de 1968 en Sacramento, California, durante el Campeonato Nacional de Estados Unidos, conocido entonces como AAU, y en cuya primera serie Jim Hines y su escolta, Ronnie Ray Smith, marcaron los codiciados 9.9. Un rato después, y ya en semifinales, Charlie Green igualó esa marca. Los tres recibieron la homologación y la carrera final fue ganada por Green en 10.0 con viento a favor, la última vez que pudo batir a Hines, luego campeón olímpico.
En la final de los Juegos en México –oro para Hines, plata para el jamaiquino Lenox Miller y bronce para Greene- la planilla indicó otra vez 9.9 al vencedor.
Sin embargo, también quedó plasmado su cronometraje electrónico de 9.95 (hoy convertido a casi 9.7 manual) y ese puede considerarse, en los términos actuales, como el primer y verdadero sub 10s de la historia de los 100 metros.
Final olímpica 100 mts en México 68, Jim Hines 9.95 (primer sub 10.00 electrónico)
Como indicábamos, todas las especialidades tuvieron sus héroes (y otros protagonistas) que se encargaron de ir eliminando aquellas barreras. Gran parte de la gloria del atletismo está marcada por todos ellos, desde los Nurmi y Zatopek de las primeras décadas hasta los Edwin Moses, Sebastian Coe, Haile Gebrselasee, Eliud Kipchoge en las posteriores. Y muchos más.
Podemos apuntar, por ejemplo, el nombre del finés Taisto Armas Mäki: el primer hombre que corrió los 10 mil metros llanos por debajo de media hora. Lo hizo el 17 de septiembre de 1939 en Helsinki con 29:52.6 con la curiosidad que esa misma mañana había ganado una carrera de 1.500 metros por el campeonato interclubes. Mäki, que también era campeón europeo, se perfilaba como un firme candidato al oro olímpico para heredar la gloria de Nurmi y los otros “finlandeses voladores”. Pero en esos días había estallado la Segunda Guerra Mundial, el mismo Mäki fue movilizado para el ejército de su país y jamás tendría una oportunidad olímpica, como le sucedió a toda una generación (entre las cuales estaba otro gran fondista argentino Juan Raúl Ibarra).
También tenemos que resaltar allí al australiano Ron Clarke, el hombre que reescribió las tablas de récords en las pruebas de fondo hace seis décadas, incluyendo entre sus hazañas el primer 10 mil por debajo de los 28 minutos: fue el 14 de julio de 1965 en el mítico estadio Bislett, en Oslo, donde directamente demolió su propia marca mundial (28:15.6) para llevarla a 27:39.4. Pero aquella capacidad que tuvo Clarke para hacer historia con sus marcas no fue suficiente para alcanzar el oro olímpico y tuvo que “conformarse” con el bronce de esa distancia, en los Juegos de Tokio. Igualmente querido y admirado por toda la comunidad atlética –Zatopek le obsequió una de sus propias medallas- también escritor y alcalde de Gold Coast, el gran Clarke murió hace pocos meses.
Por citar fenómenos contemporáneos, a la cabeza está “Mondo” Duplantis quien ya batió 15 veces la marca del salto con garrocha y en oportunidad del último Campeonato Mundial en Tokio lo hizo justamente en uno de aquellos “límites”: 6 metros y 30 centímetros. Hace pocas semanas, elevó la marca a 6.31. En la misma especialidad, el que fue quebrando barreras era el antecesor de Duplantis en la grandeza como garrochista, el ucraniano Sergey Bubka: el primero en atravesar los 6 metros, el 13 de julio de 1985 en el estadio Jean Bouin en París.
Otro es el noruego Karsten Warholm, quien terminó con casi tres décadas de vigencia del tope de los 400 metros con vallas establecido por Kevin Young en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 (46.78) y luego se convirtió en el primer sub-46: sus 45.91 en la final olímpica de Tokio, ante un estadio desierto por las restricciones de pandemia, se consideran un registro estratosférico, con Rai Benjamin como segundo y también debajo del tope anterior.
Tokio 2021, 400 metros vallas: Warholm debajo de 46s…
Pero una de las pruebas que ofrece los récords más espectaculares es el salto en largo. En el llamado “Día de los Días” (25 de mayo de 1935), cuando el gran Jesse Owens barrió en menos de dos horas con todo tipo de récords de velocidad y vallas- también se hizo tiempo para participar en salto en largo. Eran las finales de las clásicas Big 10 Conference y Owens consiguió una marca de 8.13 m. en su primer y único intento. Se trataba del primer atleta en la historia que pasaba los 8 metros –el récord anterior era del japonés Chuhei Hambu con 7.98 en 1931- y anticipaba su “semana de semanas”, la que se vivió un año después en los Juegos de Berlin: allí fue el primero en la historia en ganar 100, 200, largo y relevos en la misma cita olímpica, algo que igualaría otro coloso, también procedente de Alabama, como Carl Lewis en 1984.
Esta misma prueba es la que ofreció el que podemos considerar como el récord atlético más espectacular de todos los tiempos: 8.90 metros por Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México, el 18 de octubre de 1968. Nunca antes ni después, en ninguna prueba del programa clásico, un récord fue demolido con semejante diferencia (hasta entonces era 8.35, compartido entre el estadounidense Ralph Boston y el soviético Igor Ter-Ovanesian). Favorecido por la altitud de la capital azteca y por un viento que soplaba justo en el límite reglamentario de los 2ms, Beamon produjo ese salto fabuloso. Ni el propio Beamon ni el público ni los jueces –que estuvieron un largo rato hasta terminar de medir y revisar- lo podían creer.
Bob Beamon, 8.90 m. en salto en largo: la marca más asombrosa de todos los tiempos. México 68
Fue tal el impacto sobre el atletismo que ningún otro saltarín, hasta la aparición de Lewis, se pudo acercar a la marca de Beamon. Todo concluyó el 30 de agosto de 1991 en el Estadio Nacional de Tokio, por el tercer Campeonato del Mundo. Lewis concretó la serie de saltos más notable de toda su campaña (que incluye cuatro oros consecutivos en esta especialidad) y su mejor marca del día fue 8.91 con viento a favor, además de 8.87 reglamentarios… Pero no ganó: Mike Powell, en su quinta ronda, conseguía ¡8.95!. Por supuesto, desde entonces prácticamente nadie se aproximó.
Los saltos y lanzamientos ofrecen récords y “barreras” para todos los gustos. Podemos mencionar allí al primer hombre que arrojó una jabalina a más de 100 metros: el alemán Uwe Hohn con 104.80 el 20 de julio de 1984 en el sector oriental de una Berlin que todavía estaba dividida. Pero la historia de esa prueba cambiaría radicalmente meses después. La IAAF estableció nuevas especificaciones a partir de 1986 –modificando el centro de gravedad de la jabalina- y hubo que comenzar de nuevo…
El protagonismo sudamericano en estas cuestiones lo podemos ubicar en el gran Adhemar Ferreira da Silva, bicampeón olímpico del triple salto. No fue el primero en alcanzar los 16 metros –lo había logrado el japonés Naoto Kajima en los Juegos de Berlin 1936- pero una vez que Adhemar igualó esa marca, la fue extendiendo hasta los 16.56 m.
Uno de los casos más asombrosos ocurrió en la competencia del salto triple, en los Juegos de México. Por aquella época el récord mundial le pertenecía al polaco Joszef Sidlo con 17.03 metros. El 16 de octubre, durante la fase clasificatoria, el italiano Giuseppe Gentile llevó el récord de 17.10. En la final del día siguiente, se batió cuatro veces el récord del mundo y el que festejó -con su último salto- fue el soviético Viktor Saneiev quien terminó con 17.39 metros. Segundo quedó el brasileño Nelson Prudencio con 17.27 y tercero Gentile con cuatro centímetros menos. Aún el cuarto, el estadounidense Arthur Walker con 17.12, estuvo por arriba del récord anterior.
En aquellos mismos Juegos, por primera vez se corrieron los 400 metros llanos -una de las especialidades más duras de este deporte- por debajo de 44 segundos. El estadounidense Larry James lo hizo en 43.97… pero se quedó con la medalla de plata, ya que su compañero Lee Evans marcó 43.86, un récord del mundo que se mantendría imbatible por dos décadas.
Entre las damas, la aceleración de marcas es mucho más reciente, con un desarrollo técnico notorio a partir de la década del 70. Lamentablemente, subsisten (al igual que en especialidades masculinas), sospechas por la falta de control antidoping que impiden una valoración completa sobre los registros. El caso más penoso también es reciente, ya que la keniana Ruth Chepngetich asombró en el maratón de Chicago 2024 al convertirse en la primera mujer por debajo de las 2 horas y 10 minutos, un registro que hasta poco antes estaba reservado a los hombres. Ruth atravesó sin dificultades todos los controles de esa temporada pero no así en el 2025 y fue suspendida (aun que su marca está homologada). Tal vez como el registro más espectacular podamos citar los 47.60 en 400 metros de la velocista Marita Koch, una supercampeona surgida de Alemania del Este: intocable desde el 6 de octubre de 1985 en Canberra. Recién el año pasado, Sydney McLoughlin-Levrone pudo “atacar” esta marca.
Una de las “fronteras” que aparecía en el atletismo femenino era la de 2 metros en salto en alto y se ocupó de superarla, por primera vez, la también alemana oriental Rosemarie Ackermann el 26 de agosto de 1977. Ahora ya estamos en los 2.10 gracias a la performance de la campeona olímpica y heroína del pueblo ucraniano Yaroslava Mahuchik, otra de las superfiguras del atletismo contemporáneo.
Yaroslava Mahuchik y sus 2.10 m. en salto en alto, París 2024.



